miércoles, 5 de julio de 2017

Salvar a la especie

Me acerqué a su espalda lentamente, llena de profundos arañazos que bajaban desde los hombros hasta las orillas de sus glúteos. Me confesó que se había caído de un árbol, cogiendo manzanas para el almuerzo. Era el último hombre en el mundo, no podía hacerse daño, debía tener extremo cuidado. Sobrevivir para salvar a la especie. Conmigo. Los últimos habitantes en mucho tiempo.
Le alivié algunas heridas y caminó cuanto pudo durante un rato. Pero al aproximarse la noche estaba ya demasiado malherido, temblaba de dolor, sangraba caudaloso y gritaba como un niño. Conté todas las manzanas y cogí una, tan roja como me imaginaba que sería el infierno, tan apetecible como lo fue él para mí en su momento. Le di un mordisco y saboreé su meloso crujido. Decidí guardar el resto pese a sus múltiples y sonoros ruegos. Él pronto moriría, se desinflaría como un muñeco. Pero ya se le ocurriría algo a Dios o a quien fuera. Y si no, tampoco importaba. Demasiados intentos y mi vientre no crecía. Estaba cansada, harta ya de aguantar a ese sujeto. Y el mundo, la humanidad… por mí podían irse a pique. Si un milagro le hacía mejorar, yo misma me encargaría de rematarlo. Sí. Acababa de decidirlo. ¿Salvar yo a la especie? Si ni siquiera me gustaban los niños.

jueves, 4 de mayo de 2017

¿Recuerdas?

“Lo siento, no me he atrevido. Si estás allí ahora seguro que estás tan guapa como siempre y llevas el mismo vestido, a juego con los zapatos. Con lo que me costó quitarte aquellos tirantes. ¿Recuerdas?…”.
No, allí no había nadie. Estaba sola en aquel banco. El mismo. Las sombras de los árboles igual de poderosas, el césped tan tupido como antaño. Y no quería seguir leyendo la carta de un cobarde. Desenterré un bolígrafo de mi bolso y escribí en el reverso unas líneas para dejar el papel en el mismo sitio. Me ajusté los tirantes, emprendí el regreso con la cabeza bien alta y el corazón sangrando. Los zapatos me oprimían los dedos al filo del gemido, decidí continuar descalza antes de que mis pies terminaran por desprenderse de los tobillos. 
Menuda estúpida, de aquella guisa. Intenté esquivar mil y un recuerdos al caminar hacia la salida del parque. Imposible. Ni siquiera había terminado de leer. Retrocedí. Comencé a correr. Seguí corriendo. De vuelta hacia mis veintitantos. Buscando la hierba y evitando la tierra de los caminos, como punzones bajo mis plantas. 
Un anciano había ocupado nuestro banco. Treinta años después, el mismo día de nuestra despedida. Me detuve al verle leer la nota. Le asomaron unas lágrimas y guardó el papel en un bolsillo. Iba en silla de ruedas y podría pesar 150 kilos, sin pelo y tan arrugado como recordaba yo de niña a mi abuelo. Pero esas cejas tupidas sobre aquellos ojos oscuros eran las que yo acaricié tantas veces con mis dedos. 
Me abalancé sobre el seto más cercano, agazapada como un niño jugando al escondite. Supliqué al cielo un meteorito sobre mi cabeza que ahogara de golpe esa última imagen y me devolviera la del chaval de melena oscura y cuerpo de atleta. ¿Quién eres tú? ¿Qué te ha pasado? Cuando quise recuperar el aliento me arrepentí de mis palabras escritas:  “Huyes de nuevo.  Al  Chile de Pinochet primero, y en lo mejor de lo nuestro. A quién se le ocurre. Pero te perdoné, eras muy joven y querías buscar a tu hermano. Pero lo de hoy sí que no se hace, ya estamos mayorcitos. Fue idea tuya, guapito del barrio. ¿Recuerdas? Que envejezcas calvo y gordo es lo mejor que puedo desearte”. 
Después emprendí la vuelta. De verdad. Para siempre. Y besé con todas mis fuerzas a mi lustroso marido nada más tirar a la basura aquel vestido y ponerme el pijama.

jueves, 19 de enero de 2017

El farmacéutico

El abrazo de calor al abrir la puerta alivió sus manos. Aquel frío punzaba los huesos y había olvidado los guantes en la residencia. Su gorra se solapaba bajo una nieve que no daba tregua. 
- He oído que tienes los mejores remedios. Mi esposa sufre dolores insoportables de estómago. No hay médico ni medicina que la alivie.
El farmacéutico bajó la mirada y buscó entre los estantes repletos. Extrajo un bote de cristal con un mejunje espeso y amarillento.
- Pruebe con esto, señor. Dígale a su esposa que tome una cucharada al día.
El oficial volvió a la semana siguiente. También a la otra. Echaba la vista atrás antes de irrumpir en la tienda, arrebatándole al farmacéutico su breve y azorado sueño. 
- Dame todos los botes que tengas. Todos. ¡Los quiero todos! ¡Rápido! ¡Ahora!
El boticario corrió una madrugada más a su encuentro, escudriñó repisas y cajones y acudió a la trastienda entre jadeos. Sumó 15. Los colocó sobre el mostrador con manos trémulas.
- ¿Hay  alguien que pueda continuar con esto cuando tú ya no estés?
Comenzaba a escuchar las palabras en una agónica lejanía. Negó tajante con la cabeza. 
- Corren rumores de que vengo por aquí, que tengo tratos de favor contigo. No puedo permitírmelo, ya me entiendes. Salgamos fuera.
El eco letal resonó impregnado de una salvaje monotonía. Un rojo candente cercó la entrada a la tienda para terminar escarchándose junto al blanco y a aquellos huesos y ropas enmudecidos. Meses más tarde la familia del farmacéutico era deportada a Treblinka. El gueto de Varsovia comenzaba a vaciarse, locales y viviendas iban quedando desiertos y sus calles amarradas a memorias de lágrimas y sangre.
A las afueras de la ciudad, en una segunda planta con lámparas de araña de relucientes cristales, la mujer del oficial alemán finalizaba el bote número 15 y se colgaba de una de ellas días después. Para entonces, ya había dejado de nevar.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Con el lazo bien puesto

Acudió al colegio con su lazo rosa bien puesto y las comisuras asomando restos de galletas. Ajustó el tableado de su falda y se sentó en la última fila. Allí al fondo se aseguraba de que nadie tirara de su precaria coleta. También la insultaban algo menos. Aunque empezara a fallarle la vista y se le escaparan letras de la pizarra que ya nunca más volvían.
Durante el recreo se sentó en una esquina del patio para observar cómo las niñas jugaban a hacerse trenzas y los niños al fútbol y al baloncesto. No se le daba mal encestar el balón, pero ahora le encantaría aprender a hacer aquellas virguerías con los mechones largos de sus compañeras. Su pelo aún no colgaba bajo los hombros como el de muchas de ellas, sin embargo su madre insistía en que en cuanto creciera el suyo empezarían a invitarla a los cumpleaños, a compartir bocadillos y chucherías. Por eso, cada noche, y sin que nadie la viera, estiraba su pelo hasta mitigar el chillido con el que terminaba exhausta y dormida sobre la almohada. Para la primavera quizás consiguiese lucir una trenza muy larga y ya todos la llamasen Violeta en vez de Francisco. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

El anillo

Fantaseaba a menudo con llevar entre sus dedos aquel anillo de rubíes. Emilia se lo mostraba no pocas veces, con su fulgor rojo imperecedero frente a las paredes mortecinas. Al fin y al cabo, ella era la única que la acompañaba incluso en los días más fríos del invierno, que le acariciaba sus cuatro hebras marchitas cuando nadie más lo hacía y que escuchaba sin prisas sus recuerdos. “Esto es entre tú y yo”, le repetía Emilia, y volvía a guardar la joya entre sus prendas más rancias del cajón más invisible.
Un día, al fin, Emilia iba a recibir una visita. La de sus hijos y sus nietos. Hacía demasiado que no los tenía cerca, a alguno a duras penas lo reconocería. Y eso que ya habían pasado muchos meses desde que su salud transitó de la caminata vespertina recogiendo el romero fresco a la silla de ruedas con la mirada abatida. Cuando empezó a llegar una señora de lengua extranjera que la lavaba y le daba la comida. Emilia ya se lo había advertido a su fiel compañera. “Hoy vienen todos a verme, debe de ser que ya en breve me muero. Tienes que hacerme un favor. Antes de que lleguen, coge el anillo, sal de la habitación y póntelo en un dedo. Y nunca más te lo quites”.
Su sueño iba a cumplirse. Lucirse con aquella maravilla. Mirarse en todos los espejos. Aunque nadie más la viera. Como mucho Emilia, quien le había prometido que si no quedaba en paz tras su muerte se quedaría por allí para hacerle compañía. Para reírse ambas de los vivos que repoblasen esos viejos aposentos.

jueves, 21 de julio de 2016

Sin alarmas

Fermín despacha un besugo para la espalda, unas rajas de merluza y medio kilo de almejas. Limpia unos boquerones, descabeza unas gambas para la señora con reúma mientras finge escucharla. Al día siguiente se jubilará tras 40 años afilando el cuchillo y limpiando espinas, cederá el puesto a su hijo y a su nuera. Descansarán sus manos, sus piernas y su espalda encorvada, dormirá sin estrépitos y sin alarmas. Abandona el mercado con la luna encendida y la sonrisa nacarada. Horas después se acuesta imaginándose con su periódico en el parque, llevando a Matilde adonde ella quiera, cualquier mañana.
Suena el despertador, son las cinco, la oscuridad es plena y aún duermen las aceras y los pájaros. Fermín no se levanta. Matilde le avisa extrañada, eleva su voz, le grita que es su último día, le sacude y voltea su cara con fuerza. Enciende la lamparita y le observa sin pestañas. No ha llegado a tiempo. Ya es tarde. Fermín descansa sin desvelos terrenales ni amaneceres tempranos mientras su cuerpo se va cubriendo de brillantes escamas.

miércoles, 1 de junio de 2016

Sardinas en lata

- ¡Dime un motivo para no dejarte ahora mismo! Vamos, ¡que me lo digas!
Ella arrojó sobre Nacho aquellos ojos sin brillo. Entraron en casa y antes de cerrar la puerta se abrió la de enfrente y asomaron unos labios muy rojos y unas piernas muy largas y finas.
- Espera. ¡Nacho! ¿Otra vez tu señorita? Pero ¿qué le pasa? ¿Qué coño? ¡Qué harta estoy!
- No lo sé aún, Paula. Lo siento... Ahora mismito lo arreglo.
Nacho amortiguó un portazo mientras su compañera se paraba en mitad de la cocina. Demasiado callada y con la cabeza lamida.
- No te dejo porque te quiero demasiado. Claro, ése es el motivo, ¡cuál si no! Pero ya van tres días seguidos, ¡tres! ¿Lo sabes, no? ¡Claro que sí! ¡Si tú lo sabes todo!
Cogió un rollo de papel y lo fue despedazando, aglutinó después unos cuantos trapos empapados en agua. Volvió al rellano con una repentina culpa a sus espaldas.
- Ay, mi señorita. Perdóname. Si sabes que no lo digo en serio. ¡Cómo te voy yo a dejar!
Ella pareció reaccionar a aquellos tímidos halagos. Sus pupilas despertaron. Mientras tanto, los labios del 4º izquierda irrumpían de nuevo frente a ambos.
- ¡Que huele fatal! ¡Y se me mete por toda la casa! ¡Y que ya está bien! ¡Y que…!
- Y que ahora echo algún flus flus, vecina. Si me dejas que termine de recoger, claro…
Se ahuyentaba su mente de aquel sainete cuando le sobrevino la imagen de las latas de sardinas que cenó las últimas noches. Ella había lamido el plato y a partir de ahí había ido dejando de mover el rabo. ¿Sería eso lo que le provocaba diarrea? ¿Pero por qué en el rellano?, rumiaba mientras lustraba cada baldosa con Paula y sus brazos en jarras, el entrecejo disparando lava y algún que otro ácido. Y al fin, se le encendió la bombillita.
- ¿Sabes, Paula, que hace poco estuve a punto de decirte que saliéramos a tomar unas cañas? Te lo juro. Pero a punto a punto. Y hasta pensé en invitarte a cenar. ¡Y al teatro!
- ¿De verdad, Nacho? –Paula se irguió como un pavo real y se lamió una comisura.
- Sí. Pero ya no, ya no. Ya no pienso volver a pensarlo. Ah, y lo del flus flus… Tampoco, hija, tampoco –concluyó frente a la renacida mirada de diosa de Señorita, que giró sobre sus patas y se adentró en sus dominios volviendo a menear el rabo.